jueves, 19 de mayo de 2011

Capítulo 1. El St. Royal.

-Me niego a ir-digo con enfado.
-Me da igual, tienes que ir, Angela-contesta mi padre. Siguen enfadados, qué novedad, pienso con sarcasmo. Últimamente la ironía ha sido mi último refugio, aunque al juez no le agradase demasiado.
El juicio fue una auténtica mierda. La dueña de la tienda me acusaba de haberla robado una pulsera de oro, y el juez la daba la razón. Técnicamente no podía declararme inocente, ya que era cierto que la había intentado robar, pero era para el regalo de un amiga y lo había hecho con las mejores intenciones. Eso debería contar, ¿no? Pero el juez, un amargado y frio viejo, no coincidía conmigo. Así que me condenó a un maldito reformatorio cerca de Alabama por ser mi tercera infracción de la ley. ¡Hay que joderse! ¡Para siete veces que robo y me pillan tres! Decidí en esos momentos no dedicarme a ello en la posteridad o acabaría arruinada y en chirona.
Miro el folleto del reformatorio al que llamaban "Colegio St. Royal". Tienen un millón de actividades como drama, pintura, fotografía, clases de canto, talleres de manualidades... Menudos hipócritas engañosos. Hacen todo eso para crearte la falsa ilusión de que ese sitio es como un colegio, cuando en realidad es un maldito reformatorio. Parecido a un colegio, sí, pero lleno de jóvenes delincuentes.
Llegamos a la puerta del St. Michel y mis padres paran el coche en la puerta. Se bajan del coche y me obligan a apearme a mí también. Sacan mi maleta del coche y me la ponen en las manos.
-No me dejéis aquí, por favor-les suplico. Mi madre se apiada un poco de mí y me besa en la frente. Mi padre me da otro beso pero más frio. Y, subiéndose al coche, me dice:
-Pórtate bien.
Y se largan. Qué cabrones... ¿Para eso estan los padres? ¿Para abandonarte en colegios de pirados por un pequeño delito? Me cago de nuevo en el juez mientras atravieso la puerta metálica del reformatorio, que me ha abierto el guarda de la puerta.
La que debe ser la directora de ese antro me espera en la enorme puerta de roble.
-Thomas, ayuda a la señorita Hole a llevar su maleta-le dice a un hombre bajito pero fuerte que esta un poco más lejos. Éste la agarra como si no pesase lo más mínimo.-A la habitación 314.
Thomas obedece y se aleja con zancadas decididas.
-Bienvenida, señorita Hole-me dice la directora con una sonrisa, tendiéndome la mano. Yo se la estecho sin ganas y la sigo cuando se pone a caminar hacia el interior del edificio.-Yo soy la directora Matthews. Estoy aquí para ayudarla en cualquier cosa que necesite y darla orientación. Quiero que los jóvenes salgan de aquí comprendiendo que en el futuro pueden rectificar sus errores y tener una vida feliz, alejada de los hechos pasados.-Da su breve discurso con una sonrisa, mientras yo miro lo que será mi alojamiento en el próximo año. Las paredes frías son de piedras, las ventanas, aunque grandes, estan cubiertas de unas asquerosas rejas negras. Los pasillos son luminosos, pero cada paso resuena hasta perderse en la distancia. Subimos por unas escaleras en espiral hasta llegar, casi sin aliento, al segundo piso. De acuerdo, es posible que mi fondo físico deje mucho que desear, pero ¿qué queréis que os diga? No le encuentro la gracia a correr y matarse a hacer deporte.
Seguimos andando por otro corredor hasta que la directora se para enfrente de una puerta con el  314 en números romanos. Saca una llave y la abre, guardándose otra vez la llave en el bolsillo.
-¿No me da la llave?-la pregunto tendiéndola la mano.
-Aquí todos confiamos en todos-dice con una sonrisa.
«Pues será usted, porque yo no me fío un pelo de todos estos delincuentes»,me hubiese gustado contestarla. Sí, yo también entraría en ese término "delincuente", pero mi caso lo consideraba injusto.
-Su maleta ya está aquí, señorita Hole. Espero que la habitación sea de su agrado.-Y se aleja todavía sonriente. «Sin duda lo será», pienso con ironía.
La habitación está compuesta por dos camas, dos mesitas de noche, dos armarios y un solo baño. Y eso solo puede significar dos cosas: uno, tendré que convivir con alguien más; y dos, tendré que compartir baño.
Este sitio es, definitivamente, un infierno.

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