-Violé a una chica-dice con tranquilidad. Yo abro mucho los ojos, y me empieza a entrar miedo. ¿Y si me viola? Tengo ganas de alejarme corriendo de él y... Todo se interrumpe cuando suelta una carcajada. Era una broma. El muy cabrón se está quedando conmigo y mi cara debe de ser todo un poema.-Me metí en demasiadas peleas que no acabaron demasiado bien.
-¿Mataste a alguien?-La alternativa sigue sin ser demasiado tranquilizadora. Niega con la cabeza.
-Aunque ganas no me faltaron-dice con rencor. Me dan ganas de preguntarle, pero dudo que me conteste.
-Señorita Hope, ¿quiere ilustrirnos usted?-me llama la atención la profesora. Noto todas las miradas de la clase puestas en mí, a la espera de que falle y puedan reirse. Bueno, pues es un placer que no les pienso conceder.
Alzo la cabeza y les pongo cara de asco, cuando le digo a la profesora:
-No, gracias.-Nadie se ríe, excepto (otra vez) mi compañero.
-¿Esque te hace gracia todo lo que digo?-le pregunto con frialdad en un susurro.
-Creo que te tomas demasiado enserio a ti misma, Aladdina-me susurra con una sonrisa.
¿«Aladdina»?¿Cuándo hemos pasado a tener tanta confianza?
-¿Aladdina?-le pregunto.
-Aladdin era un ladrón, y tú también lo eres, por lo tanto eres Aladdina-me dijo como si fuese imbécil y me costase. Me estaba cansando de sus aires de superioridad. Me daban ganas de zarandearle y gritarle: "¡No estoy loca!". Pero entonces le demostraría que, en efecto, lo estoy.
-¿Y cuál es tu nombre, si se puede saber?-le pregunté.
-No, no se puede saber-se burló de mí. Le miré con odio. ¿Por qué le gustaba tanto volver mis propias palabras contra mí? Soltó una risa antes de decir:- Mike.
-Mike-repetí yo-, ¿nunca te han dicho...?
-¿Lo guapo que soy?-me interrumpió su ego.
-No, que tus motes son una mierda.- Zasca. A ver qué contestaba el listillo.
Se limitó a soltar una risita al decir:
-Créeme que es el mejor mote que te pondrán aquí.
Sí, me dejó callada. Volví a mirar a la clase y a pensar en el futuro. Una sensación de ahogo y encarcelamiento se asentó en mi tripa, al pensar en el largo año que me quedaba ahí. Y a cada segundo que pasaba, parecía más largo en vez de acortarse.
Miré a Mike, que estaba relajado, mirándome con una clara burla en los ojos. Sabía lo que estaba pensando, como una persona con experiencia sabe leerle la mente a un novato. Yo tan solo era el ratón nuevo en una cárcel llena de gatos. Sin escapatoria.
"Debo de padecer el síndrome del recién encarcelado, nada más", me intenté consolar. Seguramente todos habían acabado por acostumbrarse a esta vida y a tomárselo como un internado normal. Seguía con la esperanza de que mis padres apareciesen de un momento a otro y me sacasen de allí.
Mike seguía mirándome. Y, con una sonrisa de medio lado, me susurró:
-Siento decirte que aquí no hay lámparas mágicas, Aladdina.
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