El despertador suena a las siete de la mañana. El desayuno no empieza hasta las ocho, pero no quiero ir apurada.
Miro hacia la cama de April y veo que la he despertado y se está frotando los ojos. Me dirijo al baño, pero ella ve mis intenciones y sale corriendo, empujándome a un lado, para llegar ella antes. Cierra la puerta mientras yo sigo anonadada. Desde luego, mi impresión sobre ella no está mejorando, precisamente.
-¡Date prisa!-le grito a April.
-¡Haberte levantado antes!-me grita con una carcajada.
Como ya suponía, acabo vistiéndome a toda prisa porque April ha tardado 45 minutos contados en salir del baño. Me mira con una sonrisa malvada mientras yo me agobio. No me va a dar tiempo ni a desayunar.
-¡Mira que eres lenta!-me dice antes de salir por la puerta con una sonrisa airada. Menuda gilipollas.
Acabo de vestirme y me dirijo con prisas al comedor sin mirar ni adonde voy. Ni siquiera sé donde está el comedor. Con tan mala pata que tropiezo con un chico y casi le tiro.
-¡Angela!-me saluda. Paro un momento y le miro. Es Jimmy. O más bien Jimmy el salvador, porque acaba de salvarme la vida.
-Jimmy, me he perdido-digo con tono lastimero.
-¿Adónde vas?-me pregunta con una sonrisa encantadora. Yo abro la boca para contestarle, cuando mis tripas protestan.-Ah-dice con una carcajada.
Me acompaña al comedor mientras me habla. Esto promete.
-¿Cuál es tu primera clase?-me pregunta. Miro el horario que llevo en la mano y contesto con un suspiro:
-Literatura universal.
-Entonces allí te veo-se despide, cuando me doy cuenta de que estamos ante las puertas abiertas del comedor.
Hileras de mesas de madera se extienden ante mis ojos. Al fondo, una especie de buffet con cereales, leche, tostadas, bacon, huevos y tortitas. Mi estómago ruge como diciendo "¿a qué esperas? ¡Ataca!" Y yo no me hago de rogar, yendo directamente a por las tostadas.
Podría deciros que comí saludablemente rodeada de gente amable que bebía las palabras que salían de mi boca, pero lo cierto es que comí más sola que la una y tanto que acabó doliéndome la tripa.
Y aquí estoy, en clase de Literatura, a punto de vomitar.
-Tenemos una nueva adquisición en la escuela-dice la señorita Ray, la profesora de Literatura. Genial, ahora soy un objeto. "Adquisición". Qué mal suena.-Espero que se sienta bien recibida en una escuela donde las personas labran su futuro sin importar lo que han hecho-me recuerda, poniéndome una mano en el hombro.
Bonito discurso, sí señor, pero yo hubiese cambiado algunas cosas. Hubiese dicho: "espero que se sienta bien recibida en una escuela donde los delincuentes en potencia son encerrados y apartados del mundo por sus delitos, mientras se les hace creer que es un instituto normal y corriente". Aquí las típicas animadoras repelentes son camellos piradas y astutas. Los típicos jugadores de rugby, tios que se metieron en peleas y robaron bancos a mano armada. Permítame contradecirla, profesora, pero esto está muy lejos de ser una escuela normal.
Me dirijo a mi sitio en silencio, con la cabeza bien alta, mientras todos me dan un repaso y me cuelgan la etiqueta de «novata», que espero que no sea la misma que «persona a la que putear», o acabarán mal. Me canso de sus miradas cuando ya estoy sentada en mi pupitre en última fila y salto:
-¿Qué cojones estáis mirando?-Con la respectiva cara de asco. Todos se giran de nuevo a mirar hacia la profesora, con un pelín más de respeto.
Todos menos el tio que se sienta a mi lado, que no me ha mirado en ningún momento excepto cuando he entrado, y que no me mira ni ahora, cuando suelta una risita por lo bajo. Es moreno, con los ojos más verdes que he visto en mi vida.
-¿Qué te hace tanta gracia?-le ladro, prácticamente.
-Tú.-Me mira al fin, a través del oscuro flequillo que le tapa los ojos.-No cuela el papel de chica dura.
-No interpreto ningún papel, solo advierto de lo que ocurrirá de molestarme.
-No ocurrirá nada. No creo que te hayan destinado aquí por ningún delito grave.
-Depende de lo que consideres grave.
-¿Qué hiciste?
-Robar.
-¿A mano armada?-pregunta, divertido.
-No, solo cogí y me pillaron-me encojo de hombros.
-Lo que yo decía.
-¿Qué te pasó a ti?-Ahora tengo curiosidad.
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