Las clases al día siguiente son igual de pesadas que el anterior. Me siento sola en el comedor a desayunar tostadas mientras miro todos los grupos en los que se divide el St. Royal. Presidiendo la lista de los más envidiados está el de April, con sus seguidoras, caracterizadas todas por tener en la cara una sonrisa de asco permanente. Entre el género masculino se encuentra el de Mike, que parece ser el cabecilla de su grupo, con Jimmy como mano derecha.
No me doy cuenta de lo fijamente que les estoy mirando hasta que Mike eleva los ojos y los clava en mí, riéndose. Yo bajo la mirada hacia las tostadas, fingiendo gran concentración en cortarlas y llevármelas a la boca. Pero miro en el preciso instante para ver como un chico de otro grupo, que no pega para nada con Mike, le da unos toques en el hombro y le pide hablar con él en privado. Jimmy, que estaba contando una interesante historia con grandes gesticulaciones, se para a la mitad para mirar al intruso de manera despectiva. Todos guardan silencio mientras observan como se lleva a Mike a un lado.
Veo como susurran rápidamente, como si estuviesen peleándose por algo. De pronto los dos giran la cabeza para mirarme, y yo me quedo tan sorprendida que soy incapaz de mirar hacia otro lado.
Salgo del comedor lo más rápido que puedo, y me encuentro en la puerta al chico que hablaba antes con Mike.
-Hola-me saluda.-Eres la nueva, ¿no?
-Angela-le tiendo la mano. Él me la estrecha, sonriente. Lleva una gorra hacia atrás que tapa su rizado pelo castaño y una camiseta muy ancha. En las manos sostiene un skate que se nota que está muy usado. En un instituto pertenecería al grupo de los "skaters", pero aquí, a saber...
-Ray. ¿Sabes?-me dice señalando su tabla.
-Algo sí-digo encogiéndome de hombros. Lo cierto es que patino de lujo. Un a migo me enseñó hace unos años y he practicado casi todos los días desde entonces.
-Entonces ven.- Me guía por detrás de edificio hasta que llegamos a una pequeña pista para skaters muy bien construida. Hay bastantes chicos en ella, deslizándose por los tubos y saltando en los montículos. Solo se oyen las ruedas contra el suelo y algunos gritos de júbilo entremezclados.
Ray me tiende su tabla, animándome a patinar. Yo la agarro decidida y me lanzo sin pensar por el tubo. El viento echa mi cabello hacia atrás y los ojos me lloran un poco, así que acabo por cerrarlos. Siento que vuelo, que soy inmune a la gravedad y no hay barrera capaz de detenerme. A veces, cuando estoy sobre el skate, siento que, por un momento, conozco el significado de la palabra «Libertad».
De repente, me choco contra algo que me tira del skate, haciéndome caer sobre algo duro con tacto de tela. Abro los ojos y me encuentro con que estoy encima de Mike, que me mira burlándose de mí.
-Es imposible ver con los ojos cerrados-me dice. Me quito de él con las mejillas rojas y el corazón a mil por hora.
-Que yo sepa tú los llevabas abiertos, así que me habías visto-le acuso.
-No contaba con una patinadora suicida-replica.-Aunque eres bastante buena-me admite.-¿Por qué no vienes conmigo esta noche?
-Ya veré-le dejo con la duda. Eso parece gustarle, y se da por satisfecho. Me dirijo a coger el skate, que por suerte no ha sufrido ningún daño, y se lo doy a Ray.
-Oye, Angela-me llama, agarrándome del brazo cuando me disponía a irme.-¿Haces algo esta noche? Me gustaría que vinieras conmigo al cine que ponen este viernes en la sala del cine.
-Me lo pensaré-le digo. Al parecer todos los viernes ponen películas en la sala del cine del reformatorio para entretener a los presos.
Una sola noche y dos citas. ¿Es mi día de suerte? ¿A cuál debería ir? Mike me lo ha pedido antes, así que tendría preferencia. Pero una voz en mi mente me susurra que esta preferencia no se debe precisamente a que haya sido el primero.
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